Hay historias empresariales que incomodan al relato dominante. No porque sean perfectas, sino porque demuestran que otra relación entre capital y sociedad es posible sin pasar por el Estado. La de Milton Hershey es una de ellas.
En una época —finales del siglo XIX y comienzos del XX— marcada por monopolios protegidos, aranceles, concesiones y connivencia política, Hershey eligió un camino distinto: crear valor real, competir en el mercado, y luego devolver a la sociedad no vía impuestos ni prebendas, sino mediante propiedad privada organizada con fines educativos.
Su mayor legado no es el chocolate. Es el Milton Hershey School Trust.
El gesto radical: donar la propiedad, no el excedente
En 1918, Milton Hershey tomó una decisión que aún hoy resulta subversiva: entregó el control económico de su empresa a un fideicomiso educativo destinado a sostener una escuela para niños huérfanos y vulnerables. No fue filantropía cosmética. No fue “responsabilidad social empresaria”. No fue deducción fiscal oportunista.
Fue algo mucho más profundo: una renuncia voluntaria al control del capital para garantizar una misión concreta, sin intermediación política.
Desde una perspectiva libertaria, este punto es crucial:
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Hershey no pidió subsidios ni impuestos reducidos.
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No reclamó privilegios regulatorios para su escuela.
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No delegó la educación en el Estado.
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No esperó el rediseño de la sociedad desde arriba.
Simplemente dijo: “Esto es mío. Y con esto voy a financiar educación, de forma privada, permanente y autónoma.”
El Trust como antítesis del capitalismo prebendario
El capitalismo prebendario —el que hoy se fomenta desde sistemas políticos capturados— funciona al revés:
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Empresas que no compiten, sino que hacen lobby.
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Fortunas que no crean valor, sino que capturan rentas.
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“Filantropía” que depende del favor estatal.
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Educación convertida en instrumento ideológico.
El Trust de Hershey rompe ese esquema.
El fideicomiso:
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No depende del presupuesto público.
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No está sujeto a ciclos electorales.
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No responde a sindicatos estatales ni burócratas.
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Vive o muere según la buena administración del capital.
Es educación financiada por mercado, sostenida por propiedad privada y blindada frente al populismo. Para un libertario, esto no es una anécdota moral: es arquitectura institucional.
Educación sin Estado (y sin resentimiento)
La Milton Hershey School no nació como un experimento ideológico, sino como una solución concreta: formar personas capaces de valerse por sí mismas.El foco no era la igualdad forzada, sino la movilidad real. No la victimización, sino la responsabilidad personal. No el adoctrinamiento, sino el oficio, la disciplina y la dignidad del trabajo.
Hershey entendió algo que hoy parece olvidado: la educación no necesita ser estatal para ser inclusiva, necesita ser sostenible, exigente y honesta.
Un empresario, no un redentor
Desde el punto de vista libertario, hay algo aún más valioso: Hershey nunca quiso ser un salvador social. No escribió manifiestos.
No intentó “reformar el sistema”. No pidió que otros siguieran su ejemplo por ley.
Actuó como empresario: Creó riqueza. Asumió riesgos. Compitió. Ganó. Y luego decidió libremente qué hacer con lo suyo.
Ese es el orden correcto.
Todo lo demás —impuestos forzados, redistribución política, filantropía obligatoria— es una inversión moral del proceso.
Por un 2026 con más Milton Hershey y menos empresarios prebendarios
Cerrar 2025 recordando a Milton Hershey es recordar que:
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El capital no es el problema, sino su captura.
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La desigualdad no se corrige destruyendo riqueza, sino creándola y usándola con inteligencia.
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La educación florece cuando está protegida de la política.
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El empresario auténtico no vive del Estado, vive del cliente.
Hershey no fue un santo. Tampoco fue perfecto. Pero entendió algo esencial que hoy escasea: el verdadero legado no se vota, no se subsidia, no se decreta. Se construye.
Desde Goethals Consulting, cerramos 2025 con ese deseo: que el talento vuelva a ser premiado, que volvamos a confiar en la libertad, no porque sea perfecta, sino porque es humana, y que el éxito deje de pedir perdón. Porque cuando el capital es libre y responsable, no necesita redención. Necesita propósito. Por un 2026 con más historias como la del gran empresario Milton Hershey.














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